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miércoles, 8 de septiembre de 2010

Delta de Venus

Había cuatro personas en la habitación: un hombre y una mujer extranjeros, vestidos con discreta elegancia, observaban a dos mujeres que ocupaban la amplia cama. Una de ellas, llena y de tez obscura, era Viviane, que yacía tumbada cuan larga era en el lecho. Sobre ella, a cuatro patas, estaba una magnífica mujer de cutis marfileño, ojos verdes y cabello largo, espeso y rizado. Sus senos eran puntiagudos; su cintura, extremadamente delgada, se abría en un rico despliegue de caderas. Sus formas le daban el aspecto de haber sido moldeada por un corsé. Su cuerpo tenía una suavidad firme y marmórea. Nada en ella era flojo ni colgante, sino que la animaba una fuerza oculta, como la de un puma; sus gestos eran vehementes y extravagantes como los de las mujeres españolas. Se llamaba Bijou.

Ambas formaban una pareja perfecta, sin gazmoñería ni sentimentalismo. Mujeres de acción, que exhibían una sonrisa irónica y una expresión corrom­pida.

El vasco no podía afirmar si fingían gozar o lo hacían de verdad, tan precisos eran sus gestos. Los extranjeros debían haber solicitado ver a un hombre y una mujer, lo que colocó a Maman en un compromiso. Bijou se había tenido que atar un pene de goma que tenía la ventaja de no ponerse nunca fláccido. Hiciera lo que hiciese, el pene seguía en erección, surgiendo de su vello femenino como si estuviera allí clavado.

Acuclillada, Bijou no deslizaba esa virilidad postiza dentro, sino entre las piernas de Viviane, como si estuviera batiendo leche, y Viviane contraía sus extremidades como si la estuviera excitando un hombre de verdad. Pero Bijou no había hecho más que empezar. Parecía empeñada en que Viviane sólo sintiera el pene desde fuera. Lo sostenía como el llamador de una puerta, accionándolo con suavidad contra el vientre y los costados de Viviane. Luego, cariñosamente, la excitaba tocándole el vello y el extremo del clítoris. Al fin, Viviane brincó un poco; Bijou repitió la operación y de nuevo brincó. La mujer extranjera se inclinó entonces sobre la pareja, como si fuera miope, a fin de captar el secreto de aquella sensibilidad. Viviane se revolvió con impaciencia y ofreció su sexo a Bijou.

Tras la cortina, el vasco sonreía ante la excelente exhibición de Viviane. El hombre y la mujer estaban fascinados. Permanecían junto a la cama con los ojos dilatados. Bijou les dijo:

– ¿Quieren ustedes ver cómo hacemos el amor cuando nos sentimos perezosas? –Y ordenó a Viviane–: Vuélvete.

Viviane se volvió del lado derecho. Bijou se echó junto a ella. Viviane cerró los ojos. Entonces con las dos manos, Bijou se abrió paso, separando la carne obscura de las nalgas de Viviane hasta que pudo deslizar entre ellas el pene. Viviane no se mo­vió. Permitió que Bijou empujara. De repente, dio una sacudida, como la coz de un caballo. Bijou, como para castigarla, se retiró. Pero el vasco vio ahora resplandecer el pene de goma, casi como uno real, todavía triunfalmente erecto.

Bijou reanudó su tortura. Tocó la boca de Viviane con el extremo del pene, y después sus orejas y su cuello, hasta que lo dejó descansar entre sus senos. Viviane los juntó, el uno contra el otro, para sostener el miembro. Se movió para unirse al cuerpo de Bijou y restregarse contra ella, pero Bijou se mostraba evasiva ahora que su compañera se estaba poniendo salvaje. El hombre, inclinándose sobre ellas, empezó a manifestar inquietud. Quería arrojarse sobre las mujeres. Pese a que su rostro estaba sofocado, su compañera no se lo hubiera permitido.

De pronto, el vasco abrió la puerta y con una reverencia dijo:

–Buscabais a un hombre; aquí estoy.

Se deshizo de la ropa. Viviane lo contemplaba con agradecimiento y el vasco se dio cuenta de que estaba ardiente. Un par de virilidades la satisfarían más que aquella otra, atormentadora y huidiza. Se lanzó entre las dos mujeres. Mirara a donde mirase la pareja de extranjeros, ocurría algo que los cautivaba. Una mano separaba las nalgas de alguien y deslizaba un dedo inquisitivo. Una boca se cerraba sobre un pene saltarín y en posición de carga. Otra boca engullía un pezón. Los rostros eran cubiertos por senos o enterrados en vello púbico. Las piernas se cerraban sobre una mano escrutadora. Un reluciente y húmedo pene aparecía y se sumergía de nuevo en la carne. La piel marfileña y el cutis agitanado se ovillaban con el musculoso cuerpo del hombre.

Entonces sucedió algo extraño. Bijou yacía cuan larga era bajo el vasco, mientras que Viviane había sido abandonada por un momento. El vasco se hallaba a horcajadas sobre aquella mujer que florecía bajo él como una flor de invernadero, fragante, húmeda, con los ojos cargados de erotismo y los labios mojados; una mujer en plena floración, madura y voluptuosa. Su pene de goma aún permanecía erecto entre ellos, y el vasco fue presa de una rara sensación. Aquel miembro tocaba el suyo propio y defendía la abertura de la mujer como si fuera una lanza. Ordenó, casi furioso:

–Quítate eso.

La muchacha deslizó sus manos hacia la espalda, desató el cinturón y apartó la verga de goma. Entonces, el vasco se arrojó sobre ella y Bijou, sin soltar el pene, lo sostuvo por encima de las nalgas del hombre, que ahora la penetraba. Cuando se incorporó para arremeter de nuevo, la joven empujó el falo de goma entre las nalgas del vasco. Este brincó como un animal salvaje y la atacó aún más furiosamente. Cada vez que se alzaba, se veía atacado a su vez por detrás. Sintió los pechos de la mujer aplastados debajo de sí, apelotonándose bajo su pro­pio pecho, el vientre marfileño tornándose más pesado bajo el suyo, las caderas contra las suyas, y la húmeda vagina engulléndolo. Y siempre que Bijou hundía el pene en su compañero, él no sólo sentía su propia excitación, sino también la de ella. Pensó que aquella sensación por partida doble acabaría volviéndole loco. Viviane, acostada, los observaba jadeando. Los dos extranjeros, vestidos aún, cayeron sobre ella y la acariciaron con frenesí, demasiado confusos en sus salvajes sensaciones como para buscar una abertura.

El vasco se deslizaba adelante y atrás. La cama se agitaba con sus sacudidas. El y Bijou se agarraban y se juntaban, llenando todas las curvas de sus cuerpos, y la máquina del voluptuoso cuerpo de Bijou manaba miel. Los estremecimientos se extendían desde la raíz de sus cabellos hasta las puntas de los dedos de los pies. Estos se buscaban y se enredaban entre sí. Sus lenguas se proyectaban co­mo pistilos. Las exclamaciones de Bijou ascendían ahora en espirales sin fin –ah, ah, ah, ah–, aumentando, expandiéndose, haciéndose más salvajes. El vasco respondía a cada grito tan sólo con una inmersión profunda. Prescindían de los cuerpos que se retorcían junto a ellos. Ahora el vasco podía poseer a Bijou hasta la aniquilación, aquella puta con un millar de tentáculos en su cuerpo que se tendía primero bajo él y luego encima y daba la impresión de hallarse por todas sus partes, con sus dedos yendo de acá para allá y con los senos metidos en la boca del vasco.

Bijou gritó como si la hubiera matado, y se recostó. El vasco se puso en pie, ebrio y ardiente con su lanza todavía erecta, roja e inflamada. Las ropas desordenadas de la extranjera le tentaron. No se veía su rostro, oculto por su falda subida. El hom­bre yacía sobre Viviane, en un cuerpo a cuerpo. La extranjera estaba tumbada sobre ambos, moviendo las piernas en el aire. El vasco tiró de ella por los pies, con el propósito de hacerla suya, pero la mujer dio un chillido y se puso en pie.

–Yo sólo quería mirar –dijo, arreglándose la ropa.

El hombre abandonó a Viviane y, desgreñados como estaban, se inclinaron ceremoniosamente y se marcharon a toda prisa.

Bijou estaba sentada, riéndose, con sus ojos rasgados largos y estrechos.

–Les hemos proporcionado un buen espectáculo –le dijo el vasco–. Ahora vístete y ven conmigo. Te voy a instalar en mi casa y te voy a pintar. Pagaré a Maman lo que quiera.

Y se la llevó a vivir con él.

Si Bijou había creído qué el vasco se la había llevado a su casa para tenerla sólo para él, pronto quedó desilusionada. La utilizaba como modelo casi continuamente, pero por la noche siempre tenía amigos suyos artistas a cenar, y Bijou hacía entonces de cocinera. Después de cenar, la mandaba tenderse en el diván del taller, mientras él conversaba con sus amigos. Se limitaba a mantenerla a su lado y a acariciarla. Los amigos no podían dejar de observar. La mano del vasco circundaba mecánicamente los maduros senos. Bijou no se movía; echada, adoptaba una postura lánguida. El tocaba la tela de su vestido apretado como si se tratara de su cutis. La mano valoraba, tentaba y acariciaba: ora describía un círculo sobre el vientre, ora, de pronto, hacía cosquillas que la obligaban a retorcerse. O bien el vasco abría el vestido, sacaba un pecho fuera y decía a sus amigos:

– ¿Habéis visto alguna vez un pecho así? ¡Mirad!

Y ellos miraban. Uno fumaba, otro dibujaba a Bijou y un tercero hablaba, pero todos miraban. Contra el negro vestido, el seno, tan perfecto en sus contornos, poseía el color del viejo mármol marfileño. El vasco pellizcaba el pezón, que enrojecía.

Después cerraba el vestido de nuevo y tentaba a lo largo de las piernas, hasta que tocaba la prominencia de las ligas.


– ¿No están demasiado apretadas? Déjame ver. ¿Te han dejado marca?

Levantaba la falda y, cuidadosamente, retiraba la liga. Cuando Bijou alzaba la pierna hacia él, los hombres podían ver las suaves y brillantes líneas del muslo más arriba de la media. Luego se cubría de nuevo y el vasco reanudaba sus caricias. Los ojos de Bijou se empañaban como si estuviera bebida, pero dado que ahora hacía el papel de mujer del vasco y se hallaba en compañía de los amigos de éste, cada vez que la descubría, luchaba por volver a cubrirse, ocultando sus secretos en los negros pliegues de su vestido.

Estiró las piernas y se quitó los zapatos. El fulgor erótico que despedían sus ojos, un fulgor que sus pesados párpados no lograban ensombrecer, atravesaba los cuerpos de los hombres como si fuera fuego.

En noches como aquélla, el vasco no pretendía procurarle placer, sino que se dedicaba a torturarla. No quedaba satisfecho hasta que los rostros de sus amigos se alteraban y se descomponían. Bajó la cremallera lateral del vestido de Bijou e introdujo su mano.

–Hoy no llevas bragas, Bijou.

Sus amigos podían ver su mano bajo el vestido, acariciando el vientre y descendiendo hacia las piernas. Entonces se paraba y retiraba la mano. Observaban esa mano salir del vestido negro y cerrar de nuevo la cremallera.

En cierta ocasión, el vasco pidió a uno de los pintores su pipa. La deslizó bajo la falda de Bijou y la colocó contra su sexo.

–Está caliente –dijo el vasco–. Caliente y suave.

Bijou apartó la pipa, pues no quería que los circunstantes se percataran de que las caricias del vasco la habían puesto húmeda. Pero la pipa, al salir, puso de manifiesto este detalle: estaba como si la hubieran sumergido en jugo de melocotón. El vasco se la devolvió a su dueño, que de este modo recibió un poco del olor sexual de Bijou.


Delta de Venus
Anais Nin

miércoles, 25 de agosto de 2010

Fiesta Privada

Chris la atrajo hacia sí para que se apoyara más contra él. Julie había cruzado las piernas, lo que la dejaba abierta al suave asalto de la mano masculina, que se deslizó por el muslo de la joven para atormentarla entre las piernas.
—Ya estás mojada —murmuró—, pero vamos a ver si podemos calentarte también.
Julie ahogó un grito y apoyó la cabeza en el hombro de Chris. La boca de este capturó los quejidos de la joven, los dedos masculinos se deslizaron por su hendidura y la abrieron para dejar el botón duro de su deseo a merced del suave ataque de Chris.
Un dedo se deslizó por la entrada del cuerpo de Julie y dibujó un círculo al salir, extendiendo así la suntuosa humedad de la joven, que se mezcló con el agua salada y cálida del mar Caribe.
Julie empezó a gemir cuando Chris la acarició primero con dulzura y después cada vez con más presión. La mano de la joven se deslizó con gesto inconsciente para coger la muñeca de la otra mano que le envolvía con firmeza la cintura. Julie tiró de esa muñeca y le subió la mano hasta que la palma de Chris le envolvió un pecho.
—¿Qué quieres que haga? —le susurró él, acariciándole con la lengua el lóbulo de la oreja.
A Julie no le salían las palabras. Era extraño que después de todo lo que habían compartido ella todavía pudiera sentir vergüenza. Pero era tan decadente, estar allí fuera, a plena luz del día.
—Dímelo —dijo Chris al tiempo que detenía las caricias entre las piernas de Julie.
Julie le sujetó con la otra mano la muñeca e impidió que la mano masculina abandonara su puesto entre sus muslos.
—No pares. —Cualquier sentido de la modestia que pudiera quedarle no era rival para la intensidad del deseo que la invadía.
—Dime cómo quieres que te toque —repitió Chris.
Julie tragó saliva. Y luego, en voz tan baja ¿fue apenas podía oírse ella misma, se lo explicó.
—Tócame los pezones.
Los dedos de la mano izquierda de Chris rodearon con suavidad el pezón izquierdo de la joven, provocándolo, dándole golpecitos, en una caricia que solo alimentó la frustración femenina.
—¿Así?
—No.
—¿Entonces cómo?
Julie cerró los ojos bajo el sol, bajo la vergüenza que amenazaba con superar la necesidad que sentía de decirle exactamente lo que quería y cómo.
—Pellízcalos —murmuró. Y después, con voz más firme—. Pellízcame los…
Se le quebró la voz en un gemido satisfecho cuando él la obedeció y tironeó con firmeza del duro botoncito.
—¿Es todo?


—Tócame… —gimió Julie— entre las piernas, como antes. —Cubrió el dorso de la mano que descansaba entre sus piernas y la apretó contra su sexo basta que él ejerció la presión que ella ansiaba—. Ah, así —murmuró cuando los dedos masculinos se deslizaron por la piel resbaladiza que cubrían—. Dentro —le rogó Julie con un grito cuando sintió la deliciosa sensación de los dedos que la abrían todavía más—. Más aún.

Julie se retorció contra él y continuó jadeando palabras de aliento. Los dedos de Chris se hundieron y la penetraron mientras clavaba la palma contra el monte de Venus de la joven. Una última y firme caricia y Julie se corrió, estremecida contra él. Chris la sostuvo contra su cuerpo, la sujetaba con un brazo mientras la acariciaba con la otra mano hasta que le arrancó hasta el último temblor del cuerpo.


Fiesta Privada
Jami Alden

viernes, 20 de agosto de 2010

Seducción

—Quítate la camisa —gruñó él, su voz tenía un tono enigmáticamente peligroso.
Terrie sintió como se humedecía su entrepierna, sus pezones se endurecieron cuando él los recorrió otra vez con la mirada.
—Jesse, esto ha ido demasiado lejos —Negándose al deseo de hacer exactamente lo que él le ordenaba. Maldita sea, no debería de excitarse tanto ante su autoridad. Su vagina no debería arder por el deseo, ni su cuerpo debería estar tan desesperado por que él la tocara.
Las manos de él fueron a su camisa. Ella observó, casi gimiendo mientras él rápidamente la sacaba de su pantalón y comenzaba a desabotonarla.
—Quítatela, o la desgarraré. Será lo mejor. Cuando te lleve a la cama te quiero desnuda, cubierta solo por mis caricias.
Ella se estremeció, la humedad se deslizaba traidoramente de su vagina, espesa y caliente, preparándola.
—¿Qué pasa contigo? —susurró ella jadeantemente cuando él arrancó la camisa de sus hombros y la dejó caer descuidadamente al suelo.
Sus ojos ardían de deseo ahora, mientras la miraba.
—Quítate la camisa, Terrie —dijo con voz acaloradamente áspera—. No hagas que te lo repita otra vez, porque prometo que no te van a gustar las consecuencias.
—¿Vas a violarme? —preguntó ella, aunque sabía que si la tocaba, cedería voluntariamente.
Él sonrió. Con un lento y erótico movimiento de sus labios que la dejaron sin respiración.
—¿Sería violación, nena? —le preguntó, con un suave tono de suficiencia—. No lo creo. Sé que tu coño está ya listo, goteando por tu pierna. Creo que necesitas que te lo hagan rápido, duro y con rudeza. Y estoy más que listo a dártelo.
Terrie sintió que la sangre rugía por sus venas. La lujuria, caliente y adictiva, pareció flotar en el aire con un olor picante, echando vapor entre ellos. El deseo carnal llenó la expresión de Jesse y se mostraba en cada línea y en cada músculo de su cuerpo. Una rápida mirada a su entrepierna le mostró una enorme protuberancia que hizo que su boca se secara. Duro, rápido y rudo. Las palabras hicieron que su coño se estremeciera, empapándola por el deseo. Él no tenía ni idea de cuánto lo quería realmente, lo necesitaba, lo ansiaba. A él.
Él extendió sus manos, y antes de que ella pudiera evitarlo, agarró la camisa, tirando del material hasta que los botones se esparcieron en todas direcciones y la dejó desnuda ante su fija mirada. Jadeando, Terrie retrocedió. Sus ojos se abrieron de par en par, su cuerpo ardía tan profundamente que la aterrorizó.
—Dios mío —Su voz quedó estrangulada cuando clavó la mirada en sus muslos, en los desnudos contornos de su coño y en el aro de oro que perforaba su clítoris. —Hija de puta, Terrie. ¿Puede haber algo más sexy que ese aro? No puedo esperar a ver lo que te provoca cuando lo tenga en mi boca.
Su clítoris palpitó, su matriz se contrajo con tal fuerza que la dejó sin aliento, asustada por la fuerza de su excitación. Antes de que pudiera cambiar de opinión salió corriendo Escabulléndose alrededor de él, corrió a toda velocidad hacia el piso de arriba, consciente de que él la seguía de cerca.


El aliento salía desesperadamente de su pecho mientras subía hasta la dudosa seguridad de su cuarto. Podría encerrarse con llave, y sumergirse en una bañera llena de agua fría. Seguramente eso enfriaría la lujuria que atravesaba su cuerpo.
La atrapó en la puerta. Un brazo rodeó su cintura mientras el otro cerraba de golpe la puerta detrás de ellos. Jesse la sostuvo sin esfuerzo alguno, ignorando el esfuerzo que hacia ella de resistirse a él, arrancó la camisa de su cuerpo, luego le permitió abandonar sus brazos.
—¡Bastardo! —se volvió hacia él, deseando estar tan enfadada como aparentaba.
Los labios de él se torcieron en una sonrisa.
—No he oído salir la palabra «No" de tus labios, Terrie —gruñó él, sus manos fueron a los botones de su pantalón—. Déjame oír como dices que no. Vamos, nena, te desafío.
Mientras lo contemplaba en estado de shock, él se quitó el resto de su ropa. Erguido ante ella, majestuosamente desnudo, su polla sobresaliendo de su cuerpo dura y gruesa por el deseo. Terrie se quedó sin aliento. Él era puro músculo y ansiosa lujuria.
—Esto es una locura —jadeó ella, sus pechos se volvieron pesados mientras él miraba fijamente sus pezones endurecidos con intensa sexualidad.
Ella podría sentir el peso del aro en su pezón y su clítoris, rozándola sensiblemente en cada zona.
—No, esperar tanto tiempo fue una locura —gruñó él—. Esperar que tú olvidaras la estupidez de Thomas y ver cómo te deseaba desesperadamente fue una locura. Pero me he vuelto condenadamente astuto y estoy a punto de hacer algo al respecto ahora.
—¿Y si no quiero? —preguntó ella desesperadamente. Como si eso fuera posible.
—Oh, quieres —le dijo él, acercándose con paso majestuoso mientras ella retrocedía—. Ese bonito y desnudo coño que tienes, brillando por los flujos vaginales, no dice lo mismo. Y estaré más que feliz de dártelo.
Ella sabía que él tenía razón, pero maldita sea, no debería estar tan seguro de sí mismo.
—Deberías esperar hasta que se te ofrezca —dijo ella, tratando de burlarse.
Él se rió. La vibración baja y profunda de su risa atravesó su coño. Demonios, pensó ella, era un caso perdido. Retrocedió cuando él intentó acercarse, solo para chocar contra la cama. Él se detuvo, a pocos centímetros de ella, mirándola con una lasciva y carnal mirada mientras la rodeaba. Sus ojos se abrieron completamente cuando vio las medias de seda que él sujetaba en su mano. Medias que ella no había dejado allí el día anterior después de quitárselas.
Terrie tragó con dificultad. Tenía miedo de lo que podía estar pasando por la mente de él en ese momento.
—Túmbate en la cama —ordenó él bruscamente.
Lo miró con los ojos entrecerrados. La sangre recorría su cuerpo velozmente, por el deseo y por la prohibitiva potencia de su deseo.
—Oblígame —gruñó ella. No estaba de humor para someterse a nada.
Oh oh. La satisfacción iluminó sus ojos con un resplandor de lujuria tan intensa que casi la quemaba.
—Puedo hacerlo —le aseguró, la oscuridad de su voz era demasiado atractiva—. Pero nunca te echarás atrás, Terrie. Una vez saborees lo prohibido, necesitarás más.
Y él era prohibido. Lo miró, con un terror sensual que la atravesaba en oleadas ¿Podría ella manejarlo? Siempre había sabido que no podría, Así que, ¿Qué demonios hacia ella ahora?
Cuando ella lo miró, se apartó de ella abruptamente, dirigiéndose rápidamente hacia su armario. Los ojos de Terrie se abrieron cuando él comenzó a abrir los cajones, uno tras otro, hasta que encontró lo que buscaba. Se quedó sin aliento cuando regresó a ella, con otro par de medias en la mano.
Ella tragó con dificultad.
—Túmbate en la cama —volvió a ordenarle.
—Como ya te he dicho; tendrás que obligarme —se preparó para resistirse a él.
Su coño ardía, quemándola con el deseo. La necesidad sexual llenaba su expresión, sus ojos chispeaban mientras calibraba su estado de humor. Entonces, él sonrió otra vez.
Terrie se apartó rápidamente de la cama. Antes se condenaría que hacérselo fácil. Pero temía que no hubiera resistencia. Sus brazos la rodearon, su cuerpo más pesado y musculoso la controló con facilidad cuando intentó resistirse. Lo pateó, jadeando mientras sus manos se agarraban a sus duros brazos que rodeaban su cintura mientras la empujaban hacia la cama.
Ella maldijo; Jesse solo se rió entre dientes. Él la lanzó a la cama, esquivando sus puños y sus pocas entusiastas patadas mientras él sujetaba primero una muñeca y luego la otra a las barras metálicas de la cabecera de la cama con las sedosas medias. Cuando lo consiguió, se movió a sus pies.
Terrie pateó sus manos, su cuerpo saltaba sobre la cama para evitar que sujetara a la cama sus pies con las suaves medias.
Cuando él terminó, ambos respiraban dificultosamente, llenando el cuarto con el olor aplastante de la primitiva necesidad sexual. Entonces se apartó de ella, agarrando con una mano su polla, masajeándola mientras la observaba.
—He soñado con esto —gruñó él—. Viéndote abierta ante mí, incapaz de luchar contra mí, incapaz de negarme.
—Pervertido —gruñó ella.
Él se rió entre dientes.

Seducción
Lora Leigh

viernes, 13 de agosto de 2010

Un clásico: Nueve semanas y media

Se está vistiendo de nuevo, tras terminar de fregar los platos de la cena: un traje distinto, aunque de idéntico corte que el que se quitó hace dos horas, ahora gris oscuro en vez de azul oscuro. Una camisa limpia, azul pálido, gemela de la que yo llevo puesta, una corbata de seda gris con pequeñas motas rojo vino que forman dibujos en forma de diamante.
-Me gustaría que hicieras una cosa antes de que me marche -dice.
Me conduce al dormitorio y dice:
-Túmbate.
Me ata los tobillos al pie de la cama, la muñeca izquierda al cabezal. Se sienta en la cama a mi lado. Desliza la mano derecha por mi muslo derecho, me frota el hueso de la cadera con la palma de la mano, me cepilla la piel del estómago con esa parte de la mano con que los orientales de la televisión propinan golpes de karate. Deja un instante el pulgar sobre mi ombligo, presionando con infinita dulzura; después, desabrocha los dos botones de la camisa que yo llevaba abrochados y separa lentamente la tela a ambos lados. Las mangas de la chaqueta de su traje me rozan los pezones.
Mi respiración ha sido irregular desde que me ha dicho que me tumbara; cada vez que me toca retengo el aliento. Respiro deprisa y superficialmente hasta que vuelve a tocarme. No puedo mantener la cabeza quieta sobre la almohada. Coge mi mano libre, la derecha. Sosteniéndola por la palma, sin dejar de mirarme, me chupa los dedos, uno por uno, hasta que gotea saliva. Me pone mi propia mano entre las piernas y dice:
-Me gustaría ver cómo te tocas hasta correrte.
Está sentado cómoda y tranquilamente, con una pierna cruzada sobre la otra, las rayas de su traje, recién llegado del tinte, bien marcadas. No intento mover la mano. Espera.
-No lo comprendes -mi voz suena cascada-. nunca...
Guarda silencio.
-Nunca lo he hecho delante de alguien-. Me da vergüenza.
Coge el paquete de Winston de la mesilla. se lleva un cigarrillo a la boca, lo enciende, aspira ineptamente, bizqueando, lo pone entre mis labios. En seguida tengo que mover la mano para sostener el cigarrillo.
-Le da vergüenza -repite. Su tono de voz es suave, sin el menor timbre burlón, y no hay rastro de enfado en lo que dice después.
-Eres un poco tonta, ¿no? Todavía no te has enterado de qué va lo nuestro.
Sin tocar el cigarrillo, me quita el reloj de la muñeca libre.
-Estaré de vuelta en un par de horas, a más tardar.
Apaga la lámpara de la mesilla, después la lámpara de la esquina y cierra sin ruido la puerta del dormitorio.
Estoy trastornada y, de momento, lo que más me preocupa es poder encender otro cigarrillo después de éste. En la mesilla están el plato que uso como cenicero y el paquete de Winston, pero él se ha metido en el bolsillo el encendedor que se compró para encender mis cigarrillos. No hay cerillas a la vista. Sostengo el cigarrillo medio consumido con un lado de la boca, cojo el paquete, saco un cigarrillo, me pongo el paquete en el estómago, coloco el cenicero al lado de mi cadera derecha. Tras torpes giros, tensiones y esfuerzos del cuerpo, consigo lo que quería, aunque no sin aplastar el paquete de cigarrillos al darme la vuelta ; transfiero el cigarrillo a medio fumar a la mano atada al cabezal, acerco el cigarrillo nuevo al encendido con la mano libre, espero, me lo llevo a la boca. A la tercera, se enciende. No me pregunto por qué mis pensamientos no son lo suficientemente claros como para, simplemente, ponerme el cigarrillo nuevo en la boca y encenderlo con el otro; tampoco me pregunto por qué no me desato; pues podría hacerlo con más facilidad y sin duda más aprisa que la sudorosa chapuza que acabo de inventarme.
El rostro me arde de nuevo al pensar que él -que cualquiera- pudiera verme. Pienso que es la primera vez que he dicho que no. No tiene sentido, es puro melodrama. Le he explicado algo, eso es todo, algo que no sabía de mí.
-Sabe que haré lo que haga falta -dijo en voz alta, aunque vacilante, al leve zumbido del acondicionador de aire, a las sombras del techo, a la forma de su elevada cómoda. Me impresiona haber sido yo quien ha pronunciado las palabras que ahora resuenan en mis oídos. Trato de pensar qué no haría. Una vez, inicié un coito anal con alguien, me dolió y lo dejamos... pero sin duda volvería a intentarlo con él, si él quisiera. He leído que hay gente que se orina y se caga mutuamente. Nunca lo he hecho, y sólo con pensarlo me dan ganas de devolver... Estoy segura de que él tampoco querría hacerlo. Pero ¿qué habría dicho yo hace tan sólo unas semanas si me hubiesen propuesto atarme y pegarme? ¿Y qué más da la forma en que hace que me corra y me masturbe delante de él, si eso le gusta? Pero la vergüenza me achica los ojos hasta cerrarlos. me enfría las piernas, me hace rechinar los dientes.
-Hace casi diez años, una buena amiga mía me había descrito cómo se masturbaban ella y su amante cuando estaban juntos y cuánto le gustaba.
-No te preocupes -me había dicho cuando repuse, sin vacilar, espontáneamente horrorizada, que no sería capaz de hacer aquello, que jamás lo haría.
-Es tu manía particular. Todos tenemos manías. Yo no puedo soportar que un hombre me meta la lengua en la oreja, me pone los pelos de punta. Se había reído a carcajadas. Ahora hablo en voz alta.
-Manía. Mi manía.
Inmediatamente, respeto la palabra. Ya no es un cajón de sastre anónimo y sin sentido, un espectro oscuro repentinamente preciso: patíbulos en los mercados, linchamientos a mediodía.
En ese instante, entra por la puerta.
Enciende la luz de la mesilla, me pone de nuevo el reloj en la muñeca, pasa cuidadosamente la correa por las dos trabillas; nunca tengo la paciencia para hacerlo y siempre lo dejo cuando la correa está asegurada en la primera, por lo que la segunda está rígida por la falta de uso. Dice:
-Empezaste a masturbarte de muy joven.
Me río.
-¿Es una corazonada o una acusación? -pregunto-. ¿Qué tal la reunión?
No responde. Fijo la vista en los tiradores de bronce de la cómoda, grabándolos, perfectamente definidos, en mi mente.
-Supongo que a los seis años, no me acuerdo.
-Y, de adulta, a menudo -me sopla.
Inicio una de las frases que he practicado en su ausencia, frases razonables, frases de adulto: elección y preferencia, y el delicado equilibrio entre intimidad y... Vacilo, olvido los tiradores de bronce, me vuelvo hacia la ventana, abrumada por la necesidad de no mirarle. Me coge la cara con ambas manos y la acerca lentamente al lado de la cama donde está sentado. Habla cuidadosamente:
-Te quiero conmigo, pero no voy a obligarte a que te quedes.
El acondicionador de aire cambia de velocidad, ronronea.


Abro la boca, me pone suavemente un dedo sobre los labios.
-Escucha, así son las cosas entre nosotros. Mientras estés conmigo, harás lo que yo te diga. Mientras estés conmigo -repite simplemente, sin añadir gravedad-, harás lo que yo te diga.
Y, un instante después, disgustado:
-Por el amor de Dios, ¿por qué tanto escándalo?
Y para terminar, como quien no quiere la cosa:
-Podrías intentarlo otra vez. Si quieres, te traigo un poco de crema. Puedo bajar las luces.
-Es lo único -digo, con la cara vuelta hacia la ventana-. Pídeme cualquier otra cosa y la haré.
Levanta el auricular del teléfono junto a la cama, marca de memoria un número, da su nombre, su dirección y la mía, y dice:
-Quince minutos.
Coge la mayor de las maletas del estante superior del armario y la abre en el suelo del dormitorio. He ido trayendo algunas de mis cosas que ahora andan dispersas en distintos puntos de su apartamento: una vez, una gran cesta de paja; otra, un neceser de lona; a veces, simplemente prendas amontonadas en una bolsa de compra. Coge del perchero mi ropa, toda ella en el lado izquierdo del armario, la dobla en dos -sin quitar las perchas de madera- y la dispone ordenadamente en el fondo de la maleta. Un foulard por aquí, otro por allá, la pluma estilográfica que me compró para que dejara de usar la suya, unos cuantos libros del salón, media docena de discos, cuatro pares de zapatos, ropa interior amontonada en el segundo cajón de su cómoda, el frasco sin abrir de Miss Dior que me compró el sábado pasado, otro frasco, casi vacío.
Un viaje a la cocina. Regresa con una gran bolsa de basura, oigo cómo resuenan los objetos de tocado al caer en la bolsa, vuelve al dormitorio, la bolsa ocupa casi toda la maleta. Mi secador de pelo, mi diario, y la maleta se cierra con un chasquido. No ha tardado ni cinco minutos.
Me desata y me frota los tobillos y la muñeca izquierda pausadamente, aunque estuvieran atados lo bastante flojos como para no dejar huella. Me quita cuidadosamente la camisa azul. Ha dejado fuera de la maleta uno de mis jerseys de verano, doblado encima de una silla. Levanto automáticamente los brazos y me pasa la pálida lana por la cabeza. Y una falda gris de hilo. Estoy tan acostumbrada a que me vista que espero a que ponga una rodilla en tierra antes de pasar una pierna por la cintura. Creo no haberle dicho nunca que me pongo las faldas por la cabeza; él piensa en las faldas como si fueran pantalones, por lo que, para él, lo más natural es meter las piernas y tirar la falda hacia arriba. Ha olvidado la ropa interior, desde luego no puedo salir a la calle, a medianoche, con una falda y sin bragas. Enfilo las piernas por la cintura de la falda, le miro levantarse mientras me la sube hasta las caderas; levanta el jersey para cerrar la cremallera del lado izquierdo y afirmar el automático, alisa la delgada lana sobre el hilo crudo.
Después, me enseña las sandalias y me indica con un gesto que me siente en la cama. Le acerco primero un pie y después otro, flexiono el arco, observo cómo mete la sandalia y abrocha la hebilla. Se pone de pie detrás de mí y me cepilla el pelo.
-Te acompaño abajo hasta el taxi. Si encuentro más cosas tuyas, ya te las llevaré.
Su cepillo en mi pelo, las lentas y seductoras caricias, el leve crujido eléctrico. Me doy la vuelta y me aferro a sus muslos. Estoy llorando aparatosamente, como una niña. Se queda muy quieto. Sus dos manos se posan en mi pelo, el cepillo ha caído en la alfombra.
-El taxi llegará en cualquier momento -dice, y el portero llama en ese preciso instante. Levanto la voz:
-No puedes. .
Su voz es inexpresiva en el teléfono interior.
-Ten la amabilidad de decirle que ahora mismo bajo.
Y, dirigiéndose a mí:
-Pensé que habías tomado una decisión.
Entonces, me arrodillo ante él, no para satisfacerle con la boca, como tantas otras veces, sino abyecta, para suplicarle en un modo incoherente:
-Cualquier cosa... por favor.
Y su voz de nuevo en el teléfono interior, sin inflexiones:
-Dale cinco dólares, Ray, y dile que espere, muchas gracias.
Unos pasos, y cruza el recibidor, entra en el dormitorio y profiere un gruñido de matón:
-Muy bien, entonces, hazlo, ahora.
Empuja mi cuerpo boca abajo, y siento en el cuello el roce del dobladillo de la falda. Se quita el anillo, que había sido de su padre, de la mano derecha ; lo tira sobre la cama ; me coge por la garganta con la mano izquierda; utiliza la mano, libre ya del anillo, para abofetearme el rostro, la palma en la mejilla izquierda, el dorso en la derecha, la palma de nuevo en la izquierda.
-Muy bien, vamos a ver cómo lo haces.
Me mete mi propia mano en la boca.
-Dale facilidades, bien mojadita.
Y, con el más suave tono de voz, susurra:
-Te ayudaré un poco, querida, va a ser muy fácil.


Mis muslos se abren, sube el calor bajo su lengua y sólo registro un ligero cambio cuando levanta la cabeza: pone mi mano en ese lugar donde algo que me es tan familiar y contra lo cual no quiero luchar, ha empezado ya y donde mis dedos índice y medio empiezan a deslizarse hacia abajo, como siempre; y me corro.
-Me ha encantado -dice-. Me encanta mirarte la cara. Estás tan extraordinaria cuando te corres, dejas de ser guapa y te transformas en una cosa voraz, con la boca abierta casi hasta desgarrarse.
Y, otra vez, en el recibidor, le oigo decir:
-Dale otros cinco, Ray, y dile que se marche.

Nueve Semanas y Media
Elizabeth Mcneill